miércoles, 21 de septiembre de 2011
Diablo
Anda buscando el fuego
viajando por algún lado,
recorriendo los caminos
sin saber del mal ni del bien.
Imaginando otras dimensiones
en las garras del destino,
criando cuervos por amigos,
pululando por las luces que titilan,
que hipnotizan y seducen
viviendo sin ley ...
la ley es él.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Ya no hay reflejo
Te perdono tus propias heridas,
al fin sé que desandaré el camino.
ya no vendrás robándome la vida
ni me quitarás la savia en un instante.
Mi corazón nunca se rindió,
tan solo perdió la ilusión,
ya no hay miedo a que penetres en mi piel,
no voy a mirar atrás ni a perder mi esencia
¡no ... ni un día más!.
Cuantas veces miraba el reflejo en el espejo,
soñar no cuesta nada,
y esperaba pintando estrellas en mi cuarto
viendo pasar las hojas del calendario,
imaginando a oscuras,
tus ojos ... tu voz.
Esperaba ....
y cuanto más esperaba mirando el reflejo
más se quebraba en el recuerdo
tomando distancia ... volviéndose añejo.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Camino al desaliento
Mara veía resignada como Juan hacía las maletas. Aparentaba tranquilidad pero en su interior todo su ser era un mar de dudas. Tenía una mezcolanza importante de sentimientos, bueno y malos, todos unidos. Era normal, nunca se había visto en esta situación hasta el día de hoy.
Llevaba varias semanas intentando asimilar la situación y creía que más o menos la tenía, pero hoy, cuando por fin llega el día, algo en ella se niega a que esa sea la realidad de Juan.
Juan la mira de vez en cuando. Tiene el semblante serio, sabe que el camino, al menos durante los próximos meses va a ser duro. Va a tener que estar solo sin el abrigo de Mara, sin su voz, sin su presencia. Prefiere no pensar demasiado en ello, aunque es optimista y se ve capaz de desenvolverse bién.
Posiblemente lo que peor lleve sea el estar solo al llegar a casa, no oir ni una sola voz, ni un solo ruido, solamente, el que pueda venir de la calle y no será mucho ya que se va a un lugar bastante tranquilo, un pequeño pueblo alejado de la ciudad.
-Voy a echarte mucho de menos. Entrar en el cuarto y verlo sin vida me va a costar.- dice Mara.
-Ya... lo sé... pero sabes que no hay otra cosa y tengo que ir. Yo también preferiría quedarme pero las cosas no se pueden demorar más.
Mara asiente resignada con la cabeza.
-Juan, abrígate bien cuando salgas a la calle. Ya empieza a refrescar y mira por el dinero por favor, que igual que viene se va. Ya sabes lo que te pasó la otra vez.
-Lo se, no te preocupes. Esta vez seré mas prudente.
Juan termina de hacer las maletas.
-¿Llevas la cartilla del médico?.
-Si.
-¿Y los guantes y la bufanda?, ¿los metiste en la maleta?.
-¡Que sí, tranquila!.
-¡Uff! ... sí, ya sé que soy una pesada pero no quiero que te olvides de
nada, que no puedes dar la vuelta.
- Lo tengo todo - dijo Juan armándose de paciencia.
Una vez hechas las maletas, Juan se vuelve para mirar su habitación, intentando controlarlo todo para que no halla ningún olvido desafortunado. Coge a Mara por los hombros y salen al pasillo.
Empieza entonces el ir y venir de bolsas y maletas, entradas y salidas de la habitación para meterlo todo en el coche.
Mara respira hondo, intenta sonreir, no quiere que note lo mucho que le cuesta separarse de él.
-Bueno, ya está-dice Juan con aire triunfal.-Es hora de irse.
-Sí, conduce con cuidado, te quedan unas cuantas horas de camino. No tengas prisa, que nunca es buena consejera. ¿Has metido un parágüas en el coche?.
-¡Ay no! ... ¡Que haría yo sin tí!- y se echa a reir.
-Venga, métete en el coche ¡yá!
Los dos se miran, saben perfectamente lo que significan esas miradas. Juan sonríe, quiere que lo vea irse así, Mara intenta controlar el nudo que se le está poniendo en la garganta y que anuncia un mar de lágrimas.
Se dan un beso y un último adiós.
-Mamá, estate tranquila, estaré bien. Cuando llegue te llamo.
-Vale cariño, se que serás fuerte y podrás con lo que te echen.
Mara quería infundirle ánimos pero sabía perfectamente que donde iba no le resultaría precisamente un camino de rosas.
Un último beso antes de la partida.
Juan se va, a enfrentarse a la vida. Mara vuelve a sentir ese mar de dudas y se repudia a si misma en ese momento por no haber podido darle un mundo mejor.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
¿Dónde está el norte?
Maite era de esas personas triste y tremendamente negativa aunque siempre sonreía, al menos, al mundo que la veía pasar por que Maite no disfrutaba de la vida. Su tristeza había hecho que todo en ella se convirtiera en fantasía.
Acostumbraba a hablar sola imaginandose en mil y una historias, unas veces con final felíz, otras en cambio terminaba llorando, poseida por esa historia que empezaba en su cabeza y terminaba en su piél.
Desde niña se había sentido aparte de todo el mundo, ni siquiera tenía confianza con su propia familia. Bueno,con todos no, había una persona con la que ella se sentía muy cercana y era con su abuela materna, Rocio se llamaba la señora.
Maite recordaba como pasaba todas las tardes con su abuela y como todas las noches volvía la misma pesadilla, el regreso con sus padres a casa. No quería. Deseaba quedarse con ella para siempre y el suplicio y tortura a la que se sentía sometida cada vez que debía alejarse de ella aunque fuese por unas horas forjaron su caracter triste.
Su abuela se desvivía por ella, era su niña, por eso cuando enfermó hasta el punto de necesitar vigilancia médica constante a Maite se le cayó el mundo a los pies. Se daba cuenta que el tiempo pasaba y que pronto pasaría a ser sólo una presencia en sus recuerdos.
Desde entonces Maite se había vuelto más retraida y alimentaba sus emociones con historias únicas en la que todos sus protagonistas bailaban al son que ella tocaba. Había encontrado de pronto una amiga en la que refugiarse, una amiga que siempre la acompañaba, que siempre quería estar a su lado.
Empezó a convertir su mundo en historias que alimentaban su alma y según tuviese el día podría ser la mujer perfecta o la mujer deseosa, la mujer fuerte o la mujer dócil. Podía ser incluso la geisha de los anhelos. Perdió la noción del tiempo poseida por sus inquietudes y perdió el norte cuando su mente ambiciosa quiso más y más.
sábado, 3 de septiembre de 2011
Remiendos
Cuento las horas que no estuve a tu lado,
saborear el beso que nunca te pude dar,
atreverme a pensar si era lo correcto
para no ahogarme en ese mar de tu mirada
por cobarde perdí el momento
y me dejé batir en retirada.
Que absurdo pensar que siempre fuí tuya
en esa noche que pudo ser de los dos,
el hechizo duró, lo que dura la cordura
y la mañana finalmente acordó
lo que siempre habría de callar.
sábado, 27 de agosto de 2011
Entre dos mundos
-Buenas noches Don Antonio.
-Buenas Atardecer, ¿por qué no me llamas simplemente Antonio?, después de tanto tiempo visitándote, creo que hay confianza para ello.
-¡Ay,Don Antonio! yo es que no me acostumbro a esa familiaridad con usted.
-Pero Atardecer, si yo lo hago, tu también puedes.
-Lo sé pero no me sale ¡y mire que lo intento! pero no puedo, no me sale.
-Está bién Atardecer, llámame como más te guste.
-Don Antonio, cuénteme alguna de sus historias.
-¡Huy, he andado muchos caminos! y sabes, en todas he visto carabanas de tristeza, mala gente que camina y va apestando la tierra pero también gente que danza, que cabalga a lomos de una mula vieja y no conocen la prisa ni en los días de fiesta.
-Don Antonio, usted si que ha vivido, ¡que envidia de esa gente!, aquí ya ve como está todo, patas arriba, sin tiempo para nada que no sea correr y correr.
-Es cierto Atardecer, yo escucho los cantos de viejas cadencias. Ya no se puede estar a orillas del Duero donde se asomaba una cigüeña en lo alto del campanario. Ya no puedo decir ¡hermosa tierra de España!. Ahora sólo voy soñando caminos y preguntándome "¿adónde el camino irá?".
Mi corazón enmudece por que no conozco el hada de mis sueños.
-Pero Don Antonio, abril florecía entre los jazmines y las rosas blancas de un balcón florido. ¡Eso es una buena señal!.
-Si Atardecer, pero ¿por qué la sed que siento no me la calma el beber?.
-No sé pero ... a mi tus ojos me recuerdan a las noches de verano y el chispear de estrellas del cielo negro y bajo.
Don Antonio se ríe y dice:
-Ves Atardecer, me has tuteado y has dicho el secreto que en mi alma reza por que anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión! que un sol ardiente lucía dentro de mi corazón. Por que mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero y mi juventud, veinte años en tierra de Castilla.
-Sí Don Manuel, veo que mi subconsciente a veces supera a lo consciente.
Don Manuel calló un momento y con voz serena dijo:
-Atardecer, esta será mi última visita.
-¿Ya?, ¿por qué? ahora que me había acostumbrado a sus visitas.
-A todos nos llega el momento de irnos y yo ya he comprendido lo que tú aún debes entender.
-¿Y qué será eso Don Antonio?.
-Que cuando llegue el día del último viaje y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar. ¿Lo entiendes Atardecer?.
-Si Don Antonio, creo que lo entiendo y ha sido un enorme placer tener el privilegio que muchos quisieran tener y que como aquél olmo viejo, antes que nos derriben yo esperaré también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.
Don Antonio le regaló una tierna sonrisa, acarició suavemente la cabeza de Atardecer, se acomodó su sombrero y apoyándose en su bastón se incorporó.
-Adios Atardecer.
-Hasta siempre, Don Antonio Machado.
lunes, 22 de agosto de 2011
Nefasta devastación
Elsa volvía a casa caminando. No era muy tarde, las once y media de la noche. Había discutido con su hija y prefirió hacer lo que su ella le decía, dar por terminada la velada antes que las cosas fueran a más.
Estaba preocupada por que Sara, su hija, llevaba tiempo pasando por un mal momento. Su matrimonio se había roto, los problemas con su marido en los últimos meses se habían acrecentado enormemente por las ausencias y el aborto sufrido.
Sara era una joven quizá demasiado sensible, con gran necesidad de cariño y no por que no se lo dieran si no por que cada vez era más su necesidad de sentir y eso hizo que fuese poco a poco axfisiando a su marido. Los reproches eran continuos, que si no paraba en casa, que si ya no le decía que la quería, que si antes le daba un beso cada mañana, que si ahora ya no le cogía de la mano... .
Todo vino a raíz de un aborto espontaneo que tuvo al mes y medio de embarazo, estaba muy ilusionada con el que sería su futuro hijo, mareaba a todo el mundo haciendo planes con lo que aún no había nacido. Decía que como era muy joven seguro que cuando creciese y tuviese edad podrían ir juntos a la discoteca.
Se la veía radiante, por eso esa pérdida, hizo que perdiera el control sobre ella misma y quisiera acaparar la atención de todo el mundo.
Elsa había ido a casa de su hija a cenar, lo hacía a menudo para hacerle compañía ya que Sara por su disposición y sus pocas ganas de nada hacía complicado que fuese ella la que se desplazara a casa de su madre.
Cenaron con poca conversación. Elsa la observaba y se decia así misma que tenía que hacer algo pero no encontraba las palabras ni la forma de sacarla de ese pozo donde cada vez se iba hundiendo más y más.
Después de recoger la mesa y tomar café en la salita Elsa sacó el tema y le preguntó como se encontraba. Ese fué el detonante.
Como siempre Sara empezó que como quería que estuviese, que había perdido un hijo, su marido la había dejado, nadie se preocupaba por ella .... .
"Ah no, hasta ahí podríamos llegar" se dijo Elsa.
La miró a los ojos y le dijo que ya estaba bién, que si, que era una desgracia haber perdido el niño pero que todos habían sufrido esa pérdida y su marido lo había sentido profundamente, que dejase ya de compadecerse y que despertara de ese mal sueño. Que la vida estaba esperándola y no era el fin del mundo. Que con veinticinco años le quedaba mucho por vivir y que si aún quería recuperar a su marido, que se moviera.
Sara se puso echa una furia, de repente alguien, su propia madre le decía cosas muy crueles, ¿como podía hacer una cosa así, con lo que estaba pasando?.
-"Vete mamá, por favor, vete".
Elsa cogió sus cosas y se fué triste aunque sabía que era necesario.
La noche era apacible aunque algo fresca. Su mirada era baja, caminaba y veía como sus pies se movian ritmicamente, ni rápido ni despacio. Se preguntaba si habría sido muy dura con ella. Quizá si, aunque después de seis meses alguien tenía que hacerle reaccionar.
Estaba ensimismada en sus pensamientos cuando de repente sintió un fuerte tirón que no la dejaba avanzar, una presión en la boca y en el estómago se hizo latente, por un par de segundos no entendía que sucedía pero cuando intentó liberarse de esa presión, una voz ronca y susurrante le obligó a pararse. Se sintió arrastrada unos metros del camino. No veía quién era ya que su espalda iba pegada al cuerpo de ese individuo pero tuvo muy claro que nada bueno le iba a suceder.
Sentía terror, un pánico que le impedía articular un solo pensamiento coherente pero sabía que no debía resistirse, algo dentro de ella le decía que no lo hiciese. Veía como se alejaba cada vez más de ese camino que tantas veces había hecho y que a pesar de lo cerca que estaban los bloques de pisos nadie se veía por la calle, nadie que ella pudiese distinguir asomado a una ventana, ni un solo coche que circulase por allí. Todo se había confabulado en su contra.
En unos segundos que le parecieron eternos dejó de sentirse arrastrada, la misma voz ronca y susurrante le dijo que se estuviese quieta y las cosas irían bien. Le vendó los ojos y la tumbó en el suelo sin demasiado miramiento.
Elsa estaba paralizada, el no poder ver hacía que todo fuese más difícil, más angustioso. Sentía como ese hombre se recreaba en ella. Primero pasaba las manos por su cara sintiendo como las lágrimas afloraban, después desabrochó la blusa que llevaba, tocando toscamente lo que encontraba a su paso. Elsa sentía la excitación de ese hombre en cada respiración.
Continuó su recorrido subiendo su falda, ¡que fácil se lo había puesto!,
tan sólo tenía que deslizar su ropa interior un poco y listo.
Una risa y unas vulgares palabras salieron de esa boca que la torturaba Sintió como apartaban sus piernas y sabía lo que eso significaba, aún tardó unos segundos en someterla, algo estaba haciendo, quizá poniendose un condón para no dejar huella.
Antes de proceder pasó sus dedos por el lugar que iba a profanar sin preguntas, sin miramientos y se rió, disfrutaba de su fortaleza ante su víctima y sin mediar más palabras la penetró, con fuerza, con ganas, con saña. Elsa no podía más que esperar y esperar hasta que ese ruín y despreciable acto terminase.
Cuando se desplomó encima de ella, cansado, agotado, extasiado, sintió asco, no cuando la estaba forzando si no ahora, en ese momento en que él parecía vulnerable, débil. Quería quitárselo de encima pero no podía, sentía que si intentaba algo él podría seguir haciéndole daño.
Se enderezó al cabo de unos instantes que a Elsa le parecieron eternos y con esa siniestra voz le dijo que no había estado mal, que le había encantado "tirársela". Elsa no dijo nada.
Le advirtió que hoy no le haría nada más, que esperase unos minutos y luego se quitara la venda, que la estaría observando y si no cumplía volvería y no sería "tan bueno".
Elsa espero, contando mentalmente los segundos, allí dolorida, humillada, sintiendo que la vida hoy se le había escapado.
Se quitó la venda, se abrochó la blusa, se puso la ropa interior y se quedó allí quieta, llorando en silencio, dando gracias que no la había matado y maldiciendo aquel nefasto día.
Se levantó limpiando un poco su falda y arreglando su alborotado pelo. Agradeció la desgana de su hija y que no hubiese sido ella la que hubiese hecho ese camino.
No dijo ni pensó nada más. Hoy era un día para olvidar.
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